Cuando Washington pone la mira. En política existe una regla no escrita, no todos los señalamientos tienen el mismo peso. Y cuando los rumores, versiones periodísticas o acusaciones provienen de Washington, el problema deja de ser local y se vuelve internacional. Los nombres de Alfonso Durazo Montaño y Américo Villarreal Anaya han vuelto a ocupar los espacios centrales en la discusión pública mexicana. No por una elección, no por una obra de gobierno, no por un programa exitoso, sino por versiones y reportes que los colocan bajo una intensa atención política y mediática. Y esto cambia completamente el tablero político. Porque más allá de si las acusaciones resultan ciertas o falsas, existe una realidad imposible de ignorar: el daño político comienza mucho antes que las sentencias. La percepción suele llegar primero y la justicia después, y en ocasiones nunca coinciden. Por esto el gobierno federal ha respondido cerrando filas. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha insistido en denunciar intentos de intervención externa bajo el argumento de la lucha contra el narcotráfico. La narrativa es por demás conocida, México frente a los Estados Unidos. Soberanía frente a injerencia, Nacionalismo frente a presión extranjera, y políticamente funciona, siempre funciona. Porque pocos temas generan más cohesión interna que la percepción de una amenaza proveniente del exterior. Sin embargo, existe una pregunta que sigue flotando en el ambiente, ¿Qué ocurre cuando la discusión deja de centrarse en la soberanía y comienza a centrarse en la credibilidad? Porque una cosa es rechazar presiones externas, y otra cosa muy distinta es ignorar las dudas que estas presiones generan dentro del país. El oficialismo apuesta a que la sociedad vea una ofensiva política extranjera. La oposición apuesta a que la sociedad vea un problema de rendición de cuentas. Y mientras ambos bandos libran esta batalla narrativa, los ciudadanos observan con creciente escepticismo. Pero lo más delicado para MORENA no es una nota periodística, no es una declaración, no es una acusación aislada. Lo verdaderamente delicado es la acumulación, cuando aparecen demasiados nombres, cuando surgen demasiadas preguntas, cuando los desmentidos dejan de apagar el incendio y apenas logran contener las llamas, ahí es en donde comienza el problema político real. Porque los gobiernos pueden sobrevivir a las críticas, pueden sobrevivir a los escándalos, inclusive pueden sobrevivir a las investigaciones, pero a lo que difícilmente sobreviven es a una crisis prolongada de confianza. Y hoy la pregunta ya no es únicamente qué está haciendo Washington, la pregunta es ¿Qué tan preparada está la clase política mexicana para convencer a los ciudadanos de que no tiene nada que ocultar? Porque en política, como en la vida, la duda suele viajar más rápido que las explicaciones, y una vez que se instala, rara vez regresa sola…
¿La ultraderecha de Estados Unidos o el espejo? La presidenta Claudia Sheinbaum lanzó una pregunta que merece atención: ¿La ultraderecha de Estados Unidos busca influir en las elecciones mexicanas de 2027? La pregunta es válida. La política internacional está llena de presiones, intereses, operaciones de influencia y disputas de poder. Ninguna potencia mueve piezas por altruismo. Mucho menos Estados Unidos. Sin embargo, existe otra pregunta igualmente válida. Y quizá más incómoda. ¿Y si el problema no fuera la ultraderecha estadounidense? ¿Y si el problema fuera la crisis de confianza que vive la política mexicana? Porque cada vez que aparece un señalamiento incómodo, la respuesta oficial parece seguir el mismo libreto. Si cuestionan al gobierno, es la derecha. Si investigan a funcionarios, es la ultraderecha. Si publican reportajes, es una conspiración. Si hay críticas, es una operación extranjera. Al paso que vamos, pronto los baches, la inseguridad y los apagones también serán culpa de algún oscuro laboratorio ideológico de Washington. La narrativa tiene una ventaja política evidente. Une a la base. Moviliza simpatizantes. Genera un adversario externo. Y convierte cualquier cuestionamiento en una batalla patriótica. El problema es que las narrativas no eliminan las preguntas. Las preguntas siguen ahí. Esperando respuestas. Porque la soberanía nacional es un argumento poderoso. Pero no sustituye la transparencia. El nacionalismo es una bandera legítima. Pero no reemplaza la rendición de cuentas. Y culpar al extranjero nunca ha sido suficiente para resolver problemas internos. Lo curioso es que, mientras desde Palacio Nacional se denuncia una supuesta intención de influir en México, la discusión pública sigue girando alrededor de los mismos temas de siempre: Violencia. Impunidad. Corrupción. Seguridad. Credibilidad institucional. Ninguno de esos problemas nació en Washington. Ninguno fue importado desde Texas. Ninguno llegó escondido en una maleta diplomática. Son problemas mexicanos. Y exigen soluciones mexicanas. Por supuesto que Estados Unidos tiene intereses. Siempre los ha tenido. Siempre los tendrá. La verdadera pregunta es por qué esos intereses encuentran terreno fértil para generar tanto ruido político. La respuesta quizá sea más sencilla de lo que parece. Cuando las instituciones son fuertes, los señalamientos externos tienen poco efecto. Cuando la confianza pública se erosiona, cualquier acusación se convierte en una tormenta. Por eso el debate de fondo no debería ser únicamente qué pretende la ultraderecha estadounidense. La pregunta que realmente importa es otra. ¿Por qué millones de mexicanos encuentran más fácil creer en los señalamientos que en las explicaciones oficiales? Porque cuando un gobierno necesita culpar constantemente a enemigos externos, corre el riesgo de ignorar al adversario más peligroso de todos. La realidad. Y contra esa no existe discurso que alcance…
Frijoles para el pueblo, Wagyu para la élite. México es un país extraordinario, por eso aquí la presidenta recomienda comer maíz con frijoles porque somos un “país frijolero”, mientras la nueva aristocracia política presume una vida que parece sacada de los menús más exclusivos del planeta. El mensaje presidencial fue claro, los mexicanos pueden obtener proteína de una dieta basada en maíz y frijol, y tiene razón. Porque durante generaciones, millones de familias mexicanas han construido su alimentación alrededor de estos productos. Desde luego que no hay nada de malo en ello, el problema no es el frijol, el problema es la hipocresía. Porque mientras al ciudadano promedio se le habla de alimentación sencilla, de consumo responsable y de austeridad republicana, las imágenes que rodean a ciertos personajes vinculados al poder cuentan una historia completamente diferente. Una historia de restaurantes exclusivos, de cortes Wagyu, de Tomahawks, de lujos que difícilmente caben en el discurso de la pobreza franciscana, y ahí es precisamente en donde nace la molestia social. No porque alguien coma un buen corte de carne, cada quien gasta su dinero como le da la gana. La indignación aparece cuando quienes construyeron un movimiento político atacando los privilegios, terminan proyectando exactamente aquello que prometieron combatir. Durante años se criticó a las élites, se denunciaron excesos, se condenó la desconexión entre gobernantes y gobernados, se construyó una narrativa basada en la cercanía con el pueblo. Pero el poder tiene una extraña costumbre, transforma a quienes juraban ser diferentes, y de pronto, quienes antes denunciaban los privilegios terminan explicando los propios. La política mexicana está llena de discursos sobre igualdad, pero los ciudadanos suelen prestar más atención a los hechos. Porque las palabras inspiran y las imágenes convencen. Y cuando una imagen muestra un estilo de vida que parece incompatible con el discurso oficial, el daño político es inevitable. Al final de cuentas, el problema no son los frijoles, tampoco el Wagyu. El problema es la distancia, esa distancia cada vez más grande entre lo que se predica desde el poder y lo que la sociedad percibe que ocurre alrededor de él. Porque los mexicanos pueden aceptar muchas cosas, pero lo que rara vez perdonan es la incongruencia. Y en política, la incongruencia suele ser más indigesta que cualquier platillo, aunque venga bañado en oro, si no pregúntenle a Jesús Ernesto López Gutiérrez el hijo más pequeño de Andrés Manuel López Obrador ese que es mejor conocido coloquialmente como el “Choco Flan”…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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