Sin Redundar – Carlos Avendaño

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La República del cinismo bien peinado. En la 4T ya no gobiernan, posan. Y cuando no posan, se hacen los sordos, los ciegos o los olímpicamente pendejos. Ahí está Don Rubén Rocha Moya, el todavía gobernador de Sinaloa, doctor en ciencias y maestro del arte de no saber nada. Se le pregunta por la detención de un alcalde morenista y responde en forma de burla como si estuviera en una cantina y no frente a la tragedia de un estado incendiado: “No sé lo de Sinaloa, menos lo de Tequila”. Brillante verdad. La violencia desborda, los muertos se acumulan y el gobernador juega a la comedia del desconocimiento. Confirmado: el doctorado no quita lo tarado, pero sí da licencia para el cinismo institucional. Mientras tanto, en el Senado de la República -ese templo de la austeridad republicana- MORENA instala un salón de belleza. Porque claro, la patria puede caerse a pedazos, pero el peinado jamás. “Tenemos que estar bien presentados”, justifica Laura Itzel Castillo. Y uno se pregunta: ¿Bien presentados para quién?, ¿Para el pueblo bueno o para el espejo? Lo mejor es que en 2018 quitaron una estética por “austeridad” y hoy la reinstalan con descaro y sellos de clausura, nomás para que no digan que no aplican la ley. Primero el show, luego la simulación y al final el cinismo con secadora profesional. También, en Sinaloa, el caso Nicholette huele más a guion que a justicia. Un presunto “levantón”, interrogatorios de película y una aparición pública tan rápida y pulida que parece casting aprobado. No hay trauma visible, no hay miedo, no hay quiebre. Hay un discurso ensayado. ¿Rescate exprés en un estado en donde nadie rescata a nadie? ¿Síndrome de Estocolmo o síndrome de cortina de humo? En esta tierra ya no sabemos si ver los noticieros o las series de Netflix. La realidad compite fuerte en la categoría tragicomedia. Y para cerrar con broche de oro, los zapatos de la justicia. Hugo Aguilar Ortiz, presidente de la Suprema Corte, permite que una colaboradora se agache a limpiarle el calzado en pleno evento oficial. Luego dice que fue “café y nata”. Claro. Siempre es café y nata. Nunca es soberbia, nunca es poder, nunca es humillación. En tiempos de la 4T, solo el rey del acordeón y los nuevos virreyes judiciales disfrutaban de estos privilegios. Uno se pregunta: ¿No se alcanzan los pies?, ¿Le pesan los cordones?, ¿O simplemente disfruta que alguien se incline ante él? Porque atarse los zapatos lo enseñan en el kínder, pero la soberbia no se desaprende jamás. Pero ni que decir más, así funciona hoy el poder en México: Gobernadores que no saben, senadores que se maquillan, casos “resueltos” que no convencen y ministros que confunden servicio público con servicio doméstico. Al final, nos queda por demás que claro algo: a los hombres pequeños les encanta sentirse gigantes, aunque sea parados sobre la dignidad ajena y con los zapatos bien brillosos…

Es llamativo -por decir lo menos- que Andrés Manuel López Obrador, el maestro de las mañaneras y el megáfono nacional, no haya salido a pedir públicamente perdón al pueblo de México tras el descarrilamiento del Tren Interoceánico que dejó 14 víctimas mortales y más de 100 heridos. Mientras muchos esperábamos un gesto humano, una palabra, un mea culpa presidencial, lo que obtuvimos fue el silencio sepulcral del expresidente convertido en comentarista de su propia biografía política. ¿Será que la disculpa se extravió entre los discursos de campaña eterna y las conferencias de prensa pasadas de moda? La tragedia -que ocurrió el 28 de diciembre de 2025 en Oaxaca, dejó 14 muertos y sacudió a familias, comunidades y medios- ha sido cubierta con condolencias oficiales por parte de la Marina y la actual presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo; sin embargo, no se registra una disculpa directa de López Obrador dirigido al pueblo. ¿Y por qué nos importa eso? Porque este accidente no fue una fatalidad cualquiera, sino el epicentro de denuncias sobre posible corrupción y mala ejecución de obra, ya que audios y reportajes periodísticos han vinculado al hijo de AMLO, Gonzalo López Beltrán, con la supervisión honorífica de partes de la obra y controversias sobre la calidad del balasto utilizado, el material que sostiene las vías. No es que se espere que un expresidente se lance al centro del lodo cada vez que hay una tragedia -eso sería agotador-, pero sí al menos un reconocimiento público del dolor ajeno y un compromiso firme por esclarecer responsabilidades. Esa “empatía presidencial” que tanto se invoca cuando conviene político-electoralmente, desapareció exactamente cuándo se necesitaba. Porque parece que la austeridad discursiva no aplica cuando el título político está en juego. Y si esto no fuera suficiente, el silencio de AMLO contrasta con su obstinada defensa de causas internacionales o narrativas ideológicas mediáticas -como cuando se corre a opinar de Venezuela, de Estados Unidos o de conspiraciones globales- pero se guarda para sí cuando toca enfrentar una tragedia con nombres, rostros y familias mexicanas afectadas. Una tragedia hecha en casa, que pone en duda la calidad de una obra emblemática, que costó miles de millones y que ahora es sinónimo de dolor. Como dijo Rachel a Bruce Wayne en aquella frase famosa: “No importa quién seas por dentro, son tus acciones las que te definen”. Pues bien, callar ante el dolor de tu propia gente no es grandeza, es omisión disfrazada de dignidad. Mientras políticos se pelean por las narrativas y las defensas numantinas, las víctimas, las familias y México, merecen algo más que discursos prefabricados: verdad, responsabilidad y, sí, un perdón auténtico. Porque la política que no duele no es política, es puro guión…

Cuando el narco ya cuenta como “bolsa de trabajo”. Adriana Marín, flamante encargada de Comunicación Digital del grupo parlamentario de MORENA en el Congreso de la Ciudad de México, nos regaló una joya digna de antología política: afirmó, muy suelta de cuerpo, que uno de los problemas para combatir al narcotráfico es que se trata de uno de los “principales empleadores a nivel nacional”. Hágame usted el favor y cómpreme el cinismo en abonos. La declaración, hecha en noviembre pasado en el programa Razonados de La Razón de México, no solo retrata una torpeza monumental, sino que desnuda -sin querer- una lógica peligrosísima: normalizar al crimen organizado como si fuera una agencia de colocación laboral. Ya no es delincuencia, ahora resulta que es “mercado de trabajo alternativo”. Por supuesto, vinieron los deslindes. MORENA capitalino y la bancada corrieron a lavarse las manos como Poncio Pilatos versión 4T. “No nos representa”, dijeron. El problema es que sí representa una forma de pensar que se ha filtrado peligrosamente en el discurso público: resignación disfrazada de análisis. Porque una cosa es reconocer una realidad social -la falta de oportunidades- y otra muy distinta es justificar la incapacidad del Estado con frases que parecen sacadas de un informe del crimen organizado. Si el narco es “empleador”, entonces ¿qué sigue? ¿Prestaciones? ¿Infonavit? ¿Reparto de utilidades? El verdadero escándalo no es solo la frase, sino lo que revela: un Estado rebasado, una narrativa que se acomoda a la derrota, y una clase política que confunde explicación con rendición. Que el comentario haya cobrado fuerza en redes sociales no es casualidad. Tocó una fibra sensible porque muchos lo leyeron -con razón- como una admisión involuntaria de los límites del poder público frente al crimen organizado. Dicho en corto: “no podemos contra ellos porque dan chamba”. Si esa es la lógica, entonces ya no estamos hablando de seguridad pública, sino de administrar la derrota con lenguaje políticamente correcto. Pero tranquilos, eso sí: ya se deslindaron. Aquí nadie dijo nada. Nadie pensó eso. Nadie lo cree… aunque se les salga del subconsciente en un debate juvenil. Hágame usted el favor, cabor. Suyos los comentarios, estimado lector…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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