El Mundial de las prisas. Finalmente llegó el Mundial. La vitrina más grande del planeta. El evento que permite a los países presumir su modernidad, su capacidad organizativa y su infraestructura. Y México decidió presentarse exactamente como es: con tráfico, con obras inconclusas, con improvisaciones, y con la esperanza de que Dios reparta suerte porque el gobierno ya repartió suficientes discursos. La recomendación para quienes asistirán al partido inaugural en el Estadio Ciudad de México fue más que reveladora. Aunque el encuentro comenzó a la una de la tarde, los aficionados deberían de llegar desde las seis de la mañana, siete horas antes, siete. No porque vayan a disfrutar un festival previo, no porque exista una experiencia turística extraordinaria, sino porque nadie confía en que la ciudad pueda mover eficientemente a cientos de miles de personas. Y esta es una postal dolorosamente mexicana. Durante años nos prometieron movilidad moderna, transporte eficiente, planeación urbana, infraestructura de primer mundo, pero al final, la mejor estrategia terminó siendo salir de casa cuando todavía ni están cantando los gallos. La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey invirtieron miles de millones en obras, remodelaciones y proyectos vinculados al Mundial. Sin embargo, muchas llegaron tarde o incompletas o modificadas sobre la marcha. Una costumbre nacional tan arraigada que debería considerarse patrimonio cultural, porque en México no inauguramos obras terminadas, las estrenamos mientras todavía las están construyendo. El problema es que los turistas no vienen a conocer nuestras excusas, vienen a conocer nuestro país. Y durante un mes el mundo entero observará lo que millones de mexicanos enfrentan todos los días: embotellamientos interminables, transporte saturado, problemas de agua, planeación insuficiente, y gobiernos que siempre prometen que la próxima obra sí quedará lista en tiempo y forma, aunque se vale soñar desde luego. Como si el reloj fuera una sugerencia y no una obligación. Por si faltara simbolismo, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo anunció que no asistirá a la inauguración, y si se confirma, la imagen será inevitable. México abrirá la Copa del Mundo sin la presencia de su jefa de Estado. Un hecho inusual para cualquier país anfitrión. Mientras millones de espectadores observan el espectáculo deportivo más importante del planeta, la silla política más importante del país permanecerá vacía. Una metáfora involuntaria de muchas cosas, porque el Mundial no solamente exhibe estadios, también exhibe gobiernos, exhibe capacidades, exhibe prioridades, exhibe resultados. Durante décadas escuchamos que eventos de esta magnitud serían catalizadores de transformación, que dejarían infraestructura duradera, que modernizarían las ciudades, que impulsarían el desarrollo. Hoy la pregunta sigue siendo la misma, ¿Transformamos las ciudades para el Mundial o maquillamos las ciudades para la fotografía? Porque una vez que el balón deje de rodar, los turistas regresarán a sus países, las cámaras se apagarán, los reflectores desaparecerán, y los mexicanos seguiremos atrapados en el mismo tráfico, esperando el mismo transporte, y escuchando las mismas promesas. La buena noticia es que México sí está listo para el Mundial, pero la mala noticia es que quizá el Mundial no estaba listo para México…
El mensaje que Washington cree estar enviando. Hay ocasiones en que la diplomacia habla en voz baja, y hay ocasiones en que grita. Lo que estamos observando en la relación entre México y los Estados Unidos parece pertenecer a la segunda categoría. Porque independientemente de la veracidad o de la falsedad de los señalamientos, los reportes y las versiones que han surgido alrededor de diversos actores políticos mexicanos, existe algo que resulta imposible ignorar: Washington quiere enviar un mensaje, y lo está enviando cada vez con menos sutileza. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo insiste en denunciar intentos de injerencia y de presiones externas. Y tiene razón en una cosa, ninguna potencia mueve piezas de este tamaño por casualidad. La política internacional no funciona a base de coincidencias, sino que funciona a base de intereses. Y el principal interés de los Estados Unidos no es la democracia mexicana, tampoco son los partidos políticos mexicanos, mucho menos quién ocupa una gubernatura específica. Su interés histórico tiene nombre y apellido: seguridad nacional. control territorial, combate al narcotráfico, deducción del flujo de drogas hacia su territorio, así de simple, así de crudo. Por esto muchos observadores interpretan que el mensaje estadounidense es directo: México debe demostrar resultados más contundentes contra las organizaciones criminales, y si no los demuestra, la presión política, la diplomática y la mediática seguirá creciendo. La discusión entonces deja de ser sobre soberanía. Y comienza a ser sobre capacidad. Capacidad para enfrentar al crimen. Capacidad para investigar. Capacidad para sancionar. Capacidad para convencer tanto a los ciudadanos mexicanos como a los socios internacionales de que el Estado mantiene el control. Lo delicado para el gobierno mexicano es que cada nuevo episodio aumenta el costo político de la inacción percibida. Porque mientras México habla de respeto mutuo, Estados Unidos habla de seguridad. Mientras México invoca soberanía, Washington invoca amenazas transnacionales. Y cuando dos gobiernos hablan idiomas políticos distintos, la posibilidad de conflicto aumenta. La gran pregunta no es si existe presión, la presión es más que evidente. La gran pregunta es cómo responderá México, porque toda presidencia enfrenta momentos que terminan definiendo su legado. Momentos en los que gobernar consiste menos en pronunciar discursos y más en tomar decisiones. Y cuando las decisiones se retrasan, otros comienzan a tomarlas. Esto es precisamente lo que parece estar advirtiendo Washington. No necesariamente con razón, no necesariamente con legitimidad, pero sí con una claridad que cada vez resulta más difícil ignorar. Porque en política internacional existe una regla elemental: cuando una potencia cree que sus intereses están en juego, rara vez se conforma con esperar…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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