Sin Redundar – Carlos Avendaño

Todavía no arranca la carrera política en Sinaloa, pero los morenistas ya calientan motores. En MORENA juran y perjuran que no están en campaña. Y habría que creerles de la misma manera que uno cree que los peces andan en bicicleta o que los políticos rechazan los cargos públicos por su modestia aparte. Pero la realidad es que en Sinaloa la carrera por la gubernatura de 2027 ya comenzó, aunque oficialmente nadie quiera llamarla por su nombre. Ciertamente hablamos de actos de organización partidista, de recorridos territoriales, de encuentros con la militancia, de reuniones informativas y de toda una colección de eufemismos que sirven para disfrazar lo que cualquier ciudadano identifica a simple vista: una campaña totalmente adelantada. Pero mientras tanto, la autoridad electoral observa el espectáculo con la serenidad de quien contempla una puesta de sol, porque ni escucha, ni ve, ni habla. Una especie de versión tropical de los tres monos sabios. Por esto y muchas cosas más, no sorprende en lo absoluto que hayan solicitado licencia la senadora Imelda Castro Castro, la diputada federal Graciela Domínguez Nava, la diputada local María Teresa Guerra Ochoa y el diputado federal Jesús Alfonso Ibarra Ramos. Todos aseguran que cumplen con los lineamientos partidistas, y seguramente es cierto. Pero lo meramente curioso es que todos coinciden en que su nuevo destino político apunta exactamente hacia el mismo lugar: el despacho principal del tercer piso de Palacio de Gobierno. Imelda Castro afirma que el destino la llama desde Sinaloa. Lo cual resulta interesante porque pocas veces el destino tiene oficina de prensa, agenda pública y una estrategia territorial tan bien estructurada. Graciela Domínguez destaca que ha mantenido presencia en las comunidades de su distrito. Algo lógico, después de todo, ningún aspirante a gobernador se prepara para gobernar desde la comodidad de una silla giratoria. Tere Guerra asegura que no tiene Plan B y que no buscaría una alcaldía si la encuesta no le favorece. Una declaración por demás que valiente en tiempos en donde muchos políticos tienen hasta Plan F, G y H escondidos en algún cajón por si las circunstancias cambian. Jesús Ibarra, por su parte, minimiza cualquier desventaja frente a las aspirantes mujeres y reivindica la paridad de género. Una postura políticamente correcta en un partido en donde las reglas pueden modificarse tan rápido como las encuestas. Pero mientras todos afinan sus discursos y se la pasan recorriendo el estado, existe un nombre que sigue provocando más controversia que entusiasmo, el del senador Enrique Inzunza Cázarez. La sola posibilidad de verlo en la boleta provoca que muchos sinaloenses arqueen las cejas y otros simplemente suelten una carcajada. Particularmente cuando sobre su figura pesan señalamientos que han trascendido fronteras y que han colocado su nombre en conversaciones nada favorables para sus aspiraciones políticas. Muy probablemente por esto el propio senador se apresuró a publicar en las benditas redes sociales que concluirá su periodo legislativo hasta 2030. Traducido al lenguaje político mexicano, esto significa una de dos cosas: realmente no va por la gubernatura o solo está aplicando el viejo manual de negar tres veces aquello que es lo que más desea -cada quien le juega al Tío Lolo a como le parece-. Ciertamente que el Comité Ejecutivo Nacional de Morena ya puso su fecha al proceso. Este próximo 27 de junio los aspirantes sinaloenses deberán registrarse en la Ciudad de México para competir por la llamada “Coordinación Estatal de la Defensa de la Cuarta Transformación”. Porque en MROENA las candidaturas ya no se llaman candidaturas, las campañas no son campañas, los candidatos no son candidatos, y los recorridos proselitistas son simples ejercicios de organización. Vaya que la semántica es por demás que maravillosa, porque lo único que no cambia es la ambición política, esta sí se reconoce a kilómetros de distancia. Y en el estado de Sinaloa ya se siente el olor a pólvora electoral, aunque oficialmente todavía nadie haya encendido ningún fósforo para encender los cohetes y recoger las varas después…

Sinaloa: cuando los empleos desaparecen, pero el gobierno no los ve. Hay una vieja costumbre en la política mexicana: cuando la realidad resulta incómoda, se le cambia el nombre. La inflación se convierte en percepción, la inseguridad en hechos aislados, la crisis en un reto temporal, y la pérdida de empleos en una interpretación equivocada de los datos. Porque mientras miles de sinaloenses buscan trabajo, ajustan gastos familiares o cierran negocios, desde las altas esferas del poder nos aseguran que la economía está fuerte, que la inversión sigue llegando y que todo marcha sobre ruedas. Las cifras, sin embargo, parecen no haber recibido el memorándum oficial. Tan sólo en el año 2025 desaparecieron cerca de 14 mil empleos formales en Sinaloa. En el año 2024 la pérdida superó los 25 mil puestos de trabajo, y en lo que va del año 2026 ya suman cinco meses consecutivos con menos trabajadores registrados ante el IMSS que en el mismo periodo del año anterior. Pero no se preocupen, porque seguramente es una ilusión colectiva. Tal vez los miles de trabajadores que dejaron de aparecer en los registros decidieron emprender una aventura espiritual lejos de las estadísticas oficiales. Quizá encontraron empleo en una dimensión paralela en donde los indicadores económicos sí coinciden con los discursos gubernamentales. Lo verdaderamente preocupante es que el golpe se concentra en los empleos eventuales. Es decir, los primeros sacrificados son los más vulnerables, los jóvenes que buscan una oportunidad, los trabajadores agrícolas temporales, los empleados que apenas comenzaban a construir una estabilidad económica, los que viven al día, los que no tienen margen para esperar que las condiciones mejoren dentro de seis meses o un año. La famosa flexibilidad laboral terminó convirtiéndose en flexibilidad para ser despedido. Mientras tanto, la narrativa oficial sigue intacta, porque todo está bajo control, no hay razones para alarmarse, la economía resiste, la inversión continúa, el futuro es prometedor, y las cifras, bueno, las cifras parecen tener la mala costumbre de arruinar los discursos. Hace algunos meses los organismos empresariales solicitaron una declaratoria de emergencia económica ante los efectos de la violencia y la desaceleración productiva, pero la respuesta fue que no era necesaria. Hoy la realidad exhibe una reducción superior a los 25 mil empleos respecto al escenario previo a la crisis de inseguridad que golpeó al estado, y aun así pareciera que desde algunas oficinas gubernamentales siguen observando otro Sinaloa. Uno donde las empresas no cierran, los inversionistas no dudan, los trabajadores no pierden ingresos y las estadísticas siempre sonríen. Pero fuera de los comunicados oficiales existe otro estado, el real, el que vive la familia que ya no recibe un salario, el comerciante que vende menos, el joven que no encuentra una oportunidad de empleo, el empresario que posterga inversiones, el agricultor que enfrenta incertidumbre, este Sinaloa sí existe, y no necesita encuestas para saber que algo anda mal. Porque cuando faltan empleos, sobra preocupación, cuando faltan oportunidades, aumenta la incertidumbre, y cuando el gobierno insiste en que todo está bien mientras los números cuentan otra historia, el problema deja de ser económico, se convierte en un problema de credibilidad. Lo más preocupante es que la emergencia ya no consiste en la pérdida de empleos. La verdadera emergencia parece ser que todavía hay quienes se niegan a reconocerla. Y mientras esto ocurre, los puestos de trabajo siguen desapareciendo con una velocidad que ningún discurso puede ocultar…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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