Sin Redundar – Carlos Avendaño

Realidad contra narrativa oficial en Sinaloa. Durante la reciente gira presidencial por Sinaloa de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, y tras un amplio operativo, quedó evidenciado la distancia entre el discurso y la vida cotidiana. Mientras desde el poder asegura insistentemente que existe gobernabilidad, en las calles persiste una percepción de inseguridad marcada por homicidios, desapariciones, robo de vehículos, incendios de comercios y cierre de empresas, que impactan directamente en el empleo. La pregunta incómoda e inevitable es: ¿Qué tan efectiva está siendo la estrategia de seguridad? Aquí el problema no es el discurso -porque todos los gobiernos lo tienen- sino cuando la narrativa se divorcia peligrosamente de la experiencia ciudadana. La administración estatal encabezada por Rubén Rocha Moya, enfrenta un reto por demás mayúsculo: el recuperar la confianza pública en medio de los indicadores de percepción que siguen en color rojo. Y en el nivel federal, el gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo, sostiene que la estrategia de seguridad está avanzando. Sin embargo, la gobernabilidad no puede decretarse desde el micrófono: sino que se construye en el territorio. A estas alturas, hay algo que la política mexicana debería tener muy en claro: los eventos multitudinarios, los mensajes optimistas y la comunicación de control, pueden administrar la narrativa, pero no sustituyen resultados. El estado de Sinaloa no necesita más escenografía política, lo que realmente necesita son certezas. Y estas -para bien o para mal- siempre terminan apareciendo en la realidad…

Esta semana los números hablaron, y en política, cuando hablan las encuestas, más de uno preferiría quedarse sordo. La medición de México Elige del mes de febrero de 2026 colocó al todavía gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, en el último lugar de aprobación del país. Así es, en el fondo, en el sótano, en donde ya ni el Wi-Fi de la narrativa oficial alcanza. Mientras tanto, otros mandatarios navegan con viento a favor. Ahí están Mauricio Kuri, Manolo Jiménez Salinas y Maru Campos, todos cómodamente arriba del 68 por ciento. Pero en Sinaloa la historia es otra. Porque cuando la percepción ciudadana se desploma, ya no alcanza con los discursos optimistas ni con las conferencias mañaneras versión Sinaloa. Y ojo estimado lector: no es que la encuesta gobierne, pero sí retrata. Y lo que hoy retrata es un desgaste que ya no se puede maquillar con boletines. La pregunta que queda flotando -y que en Palacio de Gobierno seguramente incómoda- es por demás simple: ¿Qué está viendo la gente que el gobierno no quiere ver? Porque en política hay una regla de oro: puedes pelearte con la oposición, puedes pelearte con los medios, pero cuando te peleas con la percepción ciudadana, normalmente vas perdiendo. Suyos los comentarios estimado lector. Nos leemos en la siguiente columna…

El inesperado obstáculo que frenaría la reforma electoral. La ambiciosa reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo enfrenta un problema mucho más complejo que la crítica de la oposición: la aritmética legislativa. Aunque MORENA mantiene una posición dominante en el Congreso, el oficialismo se ha topado con una realidad incómoda: no tiene garantizados todos los votos necesarios para sacar adelante los cambios constitucionales que pretende. El obstáculo no proviene únicamente de los partidos adversarios, sino de tensiones internas y de aliados que han comenzado a poner condiciones. Legisladores del Partido Verde Ecologista de México y del Partido del Trabajo han expresado reservas sobre puntos clave de la iniciativa, especialmente en lo relativo a la representación proporcional y la reconfiguración del sistema electoral. En el Senado -donde se requieren mayorías calificadas para modificar la Constitución- cada voto cuenta. Y hoy, la coalición oficialista no los tiene todos en la bolsa. El problema es simple y brutal, una “realidad matemática”, sin los números completos, no hay reforma constitucional. Esta situación ha abierto una fase de negociación intensa dentro del propio bloque gobernante. Las exigencias de aliados y las dudas de algunos legisladores de la llamada mayoría podrían diluir o incluso congelar el proyecto presidencial. Desde luego que existen riesgos políticos. Si la reforma se atora, el costo político podría ser significativo para el oficialismo, que ha presentado la iniciativa como parte central de su agenda para reducir costos electorales y “perfeccionar” la democracia. Pero si logra avanzar solo mediante concesiones, el resultado podría ser una versión descafeinada muy distinta al diseño original. Por ahora, la reforma electoral no está derrotada, pero tampoco está asegurada. Y en política, cuando los números no cuadran, el poder empieza a negociar…

La jornada de 40 horas… pero a medias. En el papel, la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales suena como una victoria histórica para la clase trabajadora. En la práctica -según las propuestas que se han discutido en el Senado de la República- el cambio podría llegar con suficientes “letras chiquitas” como para que el festejo se posponga. Se habla de una implementación gradual que podría extenderse hasta 2030. Se menciona que no necesariamente se garantizarían dos días de descanso obligatorios. Y también se ha planteado la posibilidad de ampliar márgenes de horas extra “voluntarias”. Si ese termina siendo el modelo, la reducción correría el riesgo de quedarse en maquillaje laboral: seis días de trabajo, jornadas apenas recortadas y la puerta entreabierta para que las horas extra compensen lo que en teoría se redujo. La idea de las 40 horas sí es positiva -eso no está en discusión- pero el esquema que realmente transformaría la vida laboral es claro: cinco días de ocho horas, con un sábado y un domingo libres para descanso, una convivencia familiar, un deporte y un consumo interno que dinamice sectores como el turismo. Porque cuando una reforma laboral permite hasta 12 horas extra semanales, la pregunta es por demás que obligada: ¿Estamos reduciendo la jornada o solo la estamos disfrazándose? México necesita una modernización laboral real, no una simulación estadística. Y en estos temas de trabajo, la diferencia entre el discurso y la vida cotidiana del trabajador, se nota en la nómina y en el cansancio laboral…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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