En la preparatoria de la UAS en Guamúchil hubo elecciones y hubo resultado. “Al final de cuentas, los alumnos decidieron”. Claro, directo y sin rodeos: Concepción Pérez Rodríguez ganó con el 57% de la votación. No fue una victoria apretada, ni de esas que se pelean voto por voto. Fue una ventaja por demás que amplia, de casi el doble sobre sus competidoras, un gane absoluto de 2 a 1. Y esto, en cualquier escenario, debe de reconocerse. Porque en política -y también en la vida universitaria- los números mandan. Sin embargo, como en toda elección, el resultado no cancela las posturas encontradas. Tanto Gracia Velarde como Mereidith Castro representaron opciones distintas, proyectos que no lograron consolidar la mayoría, pero que sí evidenciaron que había competencia, inconformidades y visiones diferentes sobre el rumbo de la preparatoria. Y esto también cuenta, porque esto también forma parte de cualquier ejercicio democrático. Pero más allá de las campañas, de los mensajes y de las diferencias entre las candidatas, existe un dato que define toda la elección y que no admite interpretación: fueron los alumnos quienes inclinaron la balanza. Ahí está la clave de todo este proceso . El voto estudiantil -el más numeroso, el más decisivo- fue el que construyó la ventaja de Concepción Pérez Rodríguez, la maestra: “Conchita” como le dicen de cariño. No fueron los administrativos, ni los académicos, ni los grupos internos, léase bien clarito: fue la base estudiantil la que al final del día, dijo quién debía de dirigir su escuela preparatoria, y esto le da un peso particular al resultado. Porque más allá de cualquier debate o inconformidad, existe un hecho que no se puede ignorar: la decisión vino desde abajo, desde las aulas, desde quienes viven todos los días la realidad de la preparatoria: los alumnos. ¿Hubo diferencias? Sí. ¿Hubo posturas críticas? También. ¿Hubo una competencia real? Sin duda alguna. Pero en la urna, el mensaje fue muy claro, Concepción no solo ganó la elección, ganó el respaldo mayoritario de casi todos los estudiantes que votaron. Y en una institución educativa, esto no es menor. Porque al final de cuentas, más allá de estructuras, de discursos o de interpretaciones, la política universitaria también tiene una regla simple: quien conecta con los alumnos, gana. Y en la Preparatoria Guamúchil, esta historia quedó escrita a nombre de la maestra Conchita…
Hay quienes cambian de opinión y luego está Imelda Castro, que no cambió de opinión: cambió de piel y de discurso, como quien cambia de camiseta en los tiempos extras. Porque no, esto no es evolución política; es rebranding de supervivencia. En los tiempos de Enrique Peña Nieto y del malovismo tropical versión Mario López Valdez, la hoy convencida militante de la 4T no perdía oportunidad para tundir a Andrés Manuel López Obrador. Era crítica, incisiva, incómoda, hasta que el viento político cambió de dirección y, con él, hasta la memoria de Imelda. Hoy resulta que siempre no, que siempre sí, que siempre fue, MORENA no la convenció: la acomodó. Y vaya que se acomodó bien, porque ahora no solo milita, sino que encarna esta versión premium del converso: el que llega tarde, pero quiere sentarse en la cabecera. Lo preocupante no es el cambio -la política vive de eso-, sino la velocidad con la que algunos reescriben su biografía. De detractora a creyente, de crítica a promotora, de outsider a aspirante. Todo en un tiempo récord y sin escalas éticas. Si hubiera medalla olímpica para el oportunismo, Imelda Castro ya estaría en el podio y dando discurso sobre “principios”. Y no, no es cualquier pasado. Viene del malovismo, de esa fábrica de decisiones que todavía le pasan factura a Sinaloa. Esta escuela en donde se gobernó con ocurrencias, se administró con ligereza y se dejó una herencia que no se presume, se padece. Pero aquí no pasa nada, porque en la política mexicana, el pasado no importa: se maquilla. Las contradicciones no pesan: se reinterpretan. Y la congruencia, bueno, esa sí ya es una especie en peligro de extinción. Así que sí, hoy tenemos a Imelda Castro como una “4T de toda la vida” que, curiosamente, empezó a vivirla cuando ya venía con beneficios incluidos, no es fe ideológica, es cálculo político con timing perfecto. Y mientras tanto, el ciudadano observa el espectáculo: los mismos de siempre, con discursos nuevos, prometiendo ahora sí lo que ayer criticaban. Porque en este país no solo se reciclan los políticos, también las convicciones…
Una década es tiempo suficiente para dejar huella o para borrarse. En el caso del flamante diputado local morenista Pedro Alonso Villegas Lobo, el saldo no es legado: es permanencia. Diez años en el Congreso del Estado de Sinaloa que no se traducen en reformas memorables ni en resultados tangibles, sino en la vieja destreza de saber quedarse, aunque no haya nada que lo justifique. Porque sí, existe talento en la política, y luego está el talento de Pedro Alonso para sobrevivir en la política, que no es lo mismo. Villegas Lobo navega en corrientes, se acomoda en cada ola y aparece siempre en la foto correcta, aunque el fondo sea el mismo de siempre. Pero la permanencia no borra el expediente. Ahí están los señalamientos, los episodios incómodos, las acusaciones públicas que lo persiguen como sombra: abuso de poder, conductas impropias y esta frase que se volvió síntesis brutal de su paso por el Legislativo: “haber utilizado el Congreso como motel”. No es caricatura, es percepción social, y en política, la percepción también gobierna. No construye, no articula, no acerca, su presencia no suma, sino que desgasta. Es un personaje que no hace ruido por lo que logra, sino por lo que arrastra. Y, aun así, sigue ahí, como si la inercia fuera mérito y la resistencia sustituyera resultados. Pedro Alonso Villegas Lobo camina dentro del proyecto de la Senadora Imelda Castro. No es un detalle menor, es una señal. Porque los proyectos políticos no solo se definen por lo que prometen, sino a quiénes integran. Ahí está el dato y también está la pregunta: ¿Esto es renovación o reciclaje?…
El PAS y la política de cercanía con la gente. El Partido Sinaloense volvió a mostrar su gran músculo en la ciudad de Culiacán, al reunir a más de 2 mil personas -entre mamás, niñas y niños- en un evento que, más allá de lo festivo, tiene una lectura política. No fue solo una celebración, fue territorio. Familias de distintas colonias y de varios municipios, se dieron cita en un ambiente de amena convivencia, pero también de cercanía, esta cercanía que en política no se improvisa en nada, sino que se da permanentemente. Al frente, su dirigente estatal, Robespierre Lizárraga Otero, quien dejó el mensaje por demás claro: el PAS seguirá trabajando cerca de la gente, escuchando y actuando. Y es ahí en donde está la clave del asunto. Mientras algunos partidos apenas comienzan a asomarse, otros ya están en el campo, construyendo comunidad, fortaleciendo estructura y, sobre todo, generando presencia efectiva. Porque en política los eventos cuentan muchísimo, pero la constancia pesa aún más. Porque más de 2 mil personas no solo hablan de la convocatoria del PAS, sino que hablan de la organización, hablan de la operación, y, sobre todo, hablan de que el PAS sigue jugando su propio juego: el de la cercanía con la ciudadanía. Porque cuando el pueblo se reúne, se nota. Y cuando un partido está presente, también. La cosa viene puro PASdelante…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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