Sin Redundar – Carlos Avendaño

Chihuahua, la CIA y la hipocresía política de MORENA. En México ya no escandaliza que existan narcolaboratorios. Lo que realmente escandaliza es quién los combate y quién aprovecha el momento para hacer circo político. La gobernadora Maru Campos decidió romper el silencio y responder a MORENA con una frase que cayó como martillazo en Palacio: “No es lo mismo desmantelar un narco-laboratorio y combatir al crimen frontalmente, que ser un gobierno señalado por presuntos vínculos con el narcotráfico”. Y ahí fue en donde empezó el incendio político. Porque mientras en Chihuahua se decomisaron más de 55 mil litros de sustancias químicas, decenas de toneladas de precursores y miles de litros de metanfetamina, en la política nacional algunos parecían más preocupados por la presencia de los agentes estadounidenses que por el tamaño brutal del laboratorio. Como si el verdadero problema no fuera el narcotráfico, sino quién ayudó a golpearlo. La tragedia vino después: murieron dos agentes mexicanos y dos estadounidenses en un accidente tras el operativo. Cuando trascendió que los extranjeros pertenecían a la CIA, MORENA explotó más rápido que un debate en Twitter. Malú Micher le colgó el apodo de “Lady CIA” a Maru Campos y pidió desafuero. Mientras tanto, Félix Salgado Macedonio prácticamente insinuó traición a la patria. Porque en México combatir al narco con ayuda extranjera parece más grave que permitir que el narco controle territorios completos. Y ahí está la contradicción grotesca del oficialismo: presumen soberanía mientras el crimen organizado actúa con más poder territorial que muchos alcaldes. Maru Campos dijo que mientras MORENA busca culpables y pretextos para tapar crisis y falta de resultados, su gobierno seguirá enfrentando al crimen. Traducción política: “ustedes gritan; nosotros decomisamos”. La declaración no cayó sola, porque venía cargada de metralla política dirigida indirectamente a Claudia Sheinbaum Pardo y a los gobiernos morenistas señalados por presuntos vínculos incómodos o sospechas persistentes. Porque en el fondo, este pleito ya no es por la CIA, es por quién tiene autoridad moral para hablar de seguridad. Y ahí MORENA pisa terreno peligroso, porque resulta difícil jugar al nacionalismo ofendido cuando estados enteros viven sitiados por el crimen organizado. Más complicado todavía cuando figuras como Rubén Rocha Moya cargan señalamientos políticos y cuando Marina del Pilar Ávila Olmeda enfrenta rumores y cuestionamientos que siguen creciendo en el debate público. La política mexicana llegó al punto en donde decomiso toneladas de droga genera menos consenso que tomarse una foto con un agente extranjero. Y mientras los políticos convierten la seguridad en pleito partidista, el narco debe estar fascinado viendo cómo sus enemigos se destruyen solos desde el Senado, las conferencias y las redes sociales. Porque al final de cuentas, en México la guerra contra el crimen organizado ya no sólo se libra en la sierra, también se pelea en el teatro político nacional…

DEA, MORENA y el nerviosismo diplomático: cuando Washington movió el tablero. Existe algo que pone verdaderamente nerviosa a toda la clase política mexicana: no son las auditorías, no son las fiscalías nacionales y mucho menos las comisiones legislativas. Lo que realmente les quita el sueño es cuando los Estados Unidos empieza a pronunciar nombres propios. El director de la DEA, Terrance Cole, advirtió ante el Senado estadounidense que las acusaciones contra Rubén Rocha Moya y otros exfuncionarios sinaloenses por presuntos vínculos con el narcotráfico podrían marcar el inicio de una ofensiva contra políticos ligados a los cárteles. Y ahí fue en donde la temperatura política en México subió varios grados. Porque una cosa es sobrevivir a la crítica nacional, controlar conferencias mañaneras y administrar narrativas internas, pero otra cosa muy distinta es aparecer en el radar de las agencias estadounidenses. Ahí ya no bastan los discursos patrioteros ni las etiquetas de “golpismo”. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha respondido con pedir pruebas, políticamente correcto, diplomáticamente necesario, pero también inevitablemente incómodo. Porque cuando Washington habla de narcotráfico, no suele hacerlo para llenar conferencias de prensa, suele hacerlo porque algo ya se está cocinando detrás de las cortinas. Y mientras Sheinbaum Pardo intenta mantener el equilibrio entre la soberanía nacional y la relación con Donald Trump, MORENA enfrenta un problema más profundo: el discurso de superioridad moral empieza a resquebrajarse bajo sospechas cada vez más explosivas. La ironía es brutal, porque durante años el oficialismo acusó a los gobiernos anteriores de pactar con los poderes oscuros, de proteger intereses criminales y de corromper instituciones. Pero hoy en día, son ellos quienes aparecen bajo la lupa internacional mientras intentan descalificar cualquier señalamiento como conspiración extranjera. Y en medio de todo este incendio político aterriza Roberto Velasco, quien debuta prácticamente en modo control de daños. Le tocó una Secretaría de Relaciones Exteriores que parece centro de crisis permanente: consulados bajo revisión, acusaciones contra gobernadores, polémica por agentes de la CIA en Chihuahua y advertencias de intervención lanzadas desde los Estados Unidos. Bienvenido a la diplomacia mexicana versión 2026: apagar incendios mientras el vecino del norte llega con gasolina y preguntas demasiado incómodas. Porque Washington ya entendió algo que en México muchos todavía fingen ignorar: el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema criminal, se convirtió en un asunto político, económico y geopolítico. Y ahí está el verdadero miedo del sistema político mexicano, no tanto que existan investigaciones, sino que las investigaciones empiezan a cruzar la frontera. Porque en México muchas carreras políticas sobreviven a escándalos nacionales, pero pocas sobreviven cuando la DEA empieza a mirar expedientes con nombre y apellido…

México bajo la lupa: desaparecidos y la incómoda mirada internacional. México volvió a colocarse en el radar internacional, pero no por crecimiento económico ni por avances democráticos, sino por sus desaparecidos, más de 133 mil personas ausentes con un promedio cercano a 95 desapariciones al día. Y la visita de Volker Türk confirma lo que muchos en el país ya sabían, pero pocos en el poder quieren reconocer: la crisis ya rebasó al Estado. El Comité contra la Desaparición Forzada de la Organización de las Naciones Unidas no sólo encendió las alertas, sino que solicitó que el caso mexicano sea elevado a instancias mayores. Traducido al español político: México está bajo observación internacional, y esto no es menor, porque cuando un país llega a este punto, es porque sus mecanismos internos ya no están funcionando como deberían. Mientras tanto, en el territorio nacional, el discurso oficial insiste en matices, en cifras debatibles, en interpretaciones. Pero las familias no viven de interpretaciones, viven de la ausencia, de la incertidumbre, de la búsqueda interminable de excavar con sus propias manos lo que el Estado no ha querido -o no ha podido- resolver. La llegada del alto comisionado abre una oportunidad incómoda: aceptar la gravedad del problema o seguir administrando políticamente. Porque aquí hay una decisión de fondo: ¿Se va a reconocer la crisis como tal con todas sus implicaciones? ¿O se va a seguir maquillando mientras los números siguen creciendo? Aceptar apoyo internacional no es debilidad, pero negarlo cuando la realidad rebasa, sí lo es. Porque cuando desaparecen 95 personas al día, el problema ya no es de narrativa, es de Estado. Y la pregunta que queda flotando en el aire. incómoda, pero necesaria, sería: ¿Quién está dispuesto a asumir esta responsabilidad?…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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