Sin Redundar – Carlos Avendaño

El caso de Rubén Rocha Moya ya dejó de ser un problema local para convertirse en un terremoto político binacional. Y lo más delicado para MORENA es que cada día que pasa, el costo mediático y político se acumula como expediente judicial. Hoy, el escenario parece moverse entre tres rutas posibles. La primera: entregarse a la justicia estadounidense y enfrentar las acusaciones en la corte de Nueva York. La segunda: que México rechace las solicitudes de extradición por falta de pruebas suficientes y los implicados regresen tranquilamente a la vida pública, aunque el daño político ya los haya dejado marcados. Y la tercera, la más explosiva: que Washington decida endurecer la presión con mecanismos más agresivos, incluyendo recompensas y estrategias de persecución internacional similares a las utilizadas históricamente contra grandes objetivos criminales. Porque aquí ya no estamos hablando solo de narcotráfico, estamos hablando de credibilidad política, de soberanía, de relaciones diplomáticas y de la narrativa moral con la que MORENA llegó al poder. Lo ocurrido desde el 29 de abril representa una de las peores crisis de imagen para el Obradorismo. El movimiento que prometió “purificar la vida pública” hoy enfrenta acusaciones internacionales que golpean directamente a uno de sus gobernadores más emblemáticos. Y esto ha dejado al partido atrapado entre dos fuegos: el defender a los suyos o el intentar salvar el discurso anticorrupción que le dio legitimidad electoral. Mientras tanto, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo camina sobre una cuerda floja. Por un lado, insiste en que México actuará conforme a sus leyes y exige pruebas contundentes antes de proceder. Por otro lado, enfrenta la presión creciente de los Estados Unidos, donde el gobierno de Donald Trump ha endurecido brutalmente el discurso contra los cárteles y sus presuntas redes de protección política. Y en medio de todo esto, Sinaloa sigue ardiendo: violencia, miedo, fracturas internas, y una ciudadanía, atrapada entre el poder político y el crimen organizado. Porque más allá de los expedientes y las declaraciones diplomáticas, la realidad en las calles sigue siendo la misma: un estado ensangrentado por una guerra que parece no querer terminar nunca. La pregunta de fondo ya no es solamente jurídica, sino que es política y moral: ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno mexicano para proteger a las figuras señaladas por los Estados Unidos? Porque si Washington decide convertir este caso en símbolo de su nueva cruzada contra la narcopolítica mexicana, la presión apenas está comenzando, y entonces sí, la pelota dejará de estar únicamente en la cancha mexicana…

Urgencias en el IMSS: donde la enfermedad no es el único problema. En teoría, quien llega al área de urgencias de un hospital busca atención médica, pero en la práctica, algunos derechohabientes del Hospital Regional Número 1 del IMSS en Culiacán parecían estar llegando a una prueba de resistencia física, emocional y psicológica. Porque además de lidiar con dolores, enfermedades, accidentes o situaciones críticas, varios pacientes denunciaron haber recibido un trato que poco tenía que ver con la vocación de servicio y mucho con la arrogancia burocrática que suele florecer cuando alguien confunde autoridad con abuso. Las quejas fueron tantas que la situación terminó escalando. Los usuarios denunciaron malos tratos, falta de sensibilidad y una actitud déspota por parte de elementos de seguridad privada encargados del control de accesos al nosocomio. Y es que cuando una persona llega a urgencias no está precisamente de paseo, porque nadie acude a un hospital por diversión, ni para conocer las instalaciones, ni para disfrutar una tarde recreativa, tan solo llega porque necesita atención médica, porque tiene miedo, porque sufre, porque un familiar está en riesgo o porque simplemente no tiene otra opción. Sin embargo, algunos guardias parecían haber olvidado este pequeño detalle. El problema alcanzó tal nivel que incluso se reportó un altercado físico entre un elemento de seguridad y un derechohabiente. Un hecho que debería encender todas las alarmas dentro de una institución cuya misión principal es cuidar la salud de las personas, no confrontarlas. Finalmente, la Policía Federal Preventiva asumió el control de los accesos y, según los propios usuarios, el flujo de atención comenzó a normalizarse desde las primeras horas de la mañana. Lo preocupante es que para garantizar algo tan elemental como un trato digno haya sido necesaria la intervención de otra corporación. Porque el verdadero problema no es únicamente quién controla la puerta, sino que el problema es cuando se pierde la empatía. Cuando el paciente deja de ser una persona y se convierte en un estorbo, cuando la burocracia pesa más que el sufrimiento humano, y cuando el sistema olvida que detrás de cada expediente existe alguien que llega buscando ayuda, no humillaciones. La salud pública enfrenta enormes retos de infraestructura, de medicamentos y de personal, pero existe algo que no requiere presupuesto extraordinario, licitaciones ni programas federales: el respeto. Y cuando este respeto desaparece, la crisis ya no está en los pasillos de urgencias, sino que la crisis se encuentra en la calidad humana de quienes deberían servir a la ciudadanía…

Mundial, goles y realidades que nadie quiere ver. México ganó y las calles volvieron a convertirse en un mar tricolor. Miles de aficionados inundaron las avenidas, las plazas y el Fan Fest para celebrar un triunfo que, al menos por unas horas, logró unir a un país acostumbrado a discutir por todo. El Ángel de la Independencia volvió a ser el altar de las celebraciones nacionales, ahí donde caben la euforia futbolera, las selfies patrióticas y la esperanza de que ahora sí llegamos al famoso quinto partido, aunque llevemos décadas reciclando la misma ilusión. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo observó el encuentro futbolero desde el Palacio Nacional junto a su esposo, nada extraordinario, porque después de todo, el fútbol es uno de los pocos fenómenos capaces de suspender temporalmente las diferencias políticas y de convertir a oficialistas y opositores en directores técnicos improvisados. Pero mientras el balón rodaba y los festejos crecían, la realidad seguía jugando su propio partido. En la ciudad de Guadalajara, sede del encuentro, la fiesta mundialista convivió con las voces de familias que buscan a sus desaparecidos. Un contraste incómodo para quienes prefieren que el espectáculo deportivo ocupe toda la pantalla. Mientras unos celebraban goles, otros recordaban que hay miles de personas cuyo paradero sigue siendo una incógnita. Porque el Mundial puede llenar estadios, pero no llenar los vacíos que deja una desaparición. Puede generar muchas emociones, pero no respuestas, puede producir aplausos, pero no justicia. En la Ciudad de México también ocurrió algo por demás curioso. Las protestas de la CNTE, que durante semanas ocuparon espacios centrales de la agenda pública, bajaron el volumen, no porque los problemas estuvieran resueltos, sino porque el Mundial tiene esta extraña capacidad de desplazar cualquier conversación nacional. Durante noventa minutos, la inflación estuvo en descanso, la inseguridad pidió tiempo fuera, la crisis hídrica se fue a la banca, los conflictos políticos se observaron desde la tribuna, y todos fingimos que el marcador del partido es el indicador más importante del país. Mientras tanto, los empresarios esperaban una lluvia de dinero que todavía no termina de caer, restaurantes con más clientes, hoteles lejos del lleno total y una derrama económica que no ha alcanzado las expectativas prometidas por los expertos que suelen convertir cualquier evento internacional en una mina de oro antes de que ocurra. Porque otra tradición nacional consiste en inflar las cifras antes del torneo y ajustar las expectativas cuando llegan los resultados reales. Por ahora, México celebra, y está bien, porque el fútbol también sirve para eso: regalar momentos de alegría colectiva en medio de una realidad frecuentemente complicada. Pero conviene recordar que cuando se apaguen las pantallas, se retiren las banderas y el Ángel vuelva a la normalidad, seguirán ahí los mismos desafíos que ningún gol puede resolver. Porque los mundiales duran unas semanas, pero los problemas del país, lamentablemente, juegan tiempo completo…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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