Sin Redundar – Carlos Avendaño

Rocha Moya, ausente del cargo, pero presente en el poder. En política existe una diferencia enorme entre dejar un cargo y abandonar el poder. La historia mexicana está llena de personajes que se fueron de la oficina, pero jamás soltaron la conexión. Y en Sinaloa vuelve a surgir una pregunta que recorre los pasillos gubernamentales, cafés políticos y conversaciones de sobremesa: ¿Rubén Rocha Moya realmente dejó el control político del estado? La reciente designación de Eligio López Portillo como presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado de Sinaloa enciende el debate. No por el nombramiento en sí, sino por lo que muchos interpretan detrás de él. Porque cuando un perfil como Eligio -compadre del ex gobernador Rocha- identificado plenamente al grupo Rochista asume una posición estratégica dentro del Poder Legislativo, resulta inevitable que aparezcan las especulaciones sobre la permanencia de su influencia. Y es que la JUCOPO no es cualquier oficina, porque ahí es en donde se negocian los acuerdos, se construyen las mayorías, se administran los conflictos, y se define buena parte de la agenda legislativa. En términos políticos, quien controla la JUCOPO también controla una parte importante del ritmo institucional del Congreso. Por eso la discusión no gira alrededor de un nombre, sino que gira alrededor del poder. Este recurso invisible que rara vez aparece en los organigramas, pero que todos saben identificar cuando está presente. Los defensores del gobernador argumentan que es perfectamente normal que los cuadros políticos formados durante una administración continúen ocupando posiciones relevantes, y quizás tengan razón, porque así funciona cualquier proyecto político. Pero los críticos sostienen que la permanencia de figuras cercanas en espacios estratégicos demuestra que el Rochismo conserva capacidad de operación y que sigue influyendo en las decisiones fundamentales del estado. Y quizá también tengan razón, porque la política no funciona con absolutos, sino que funciona con equilibrios. La verdadera pregunta no es si Rocha conserva influencia, porque sería ingenuo pensar que un actor político con años de construcción territorial, control partidista y relaciones institucionales desaparezca de un día para otro. La pregunta relevante es otra: ¿Cuánta influencia se tiene? ¿La suficiente para poder decidir? ¿La suficiente para definir candidaturas? ¿La suficiente para influir en la sucesión gubernamental del 2027? ¿O simplemente la suficiente para seguir siendo escuchado? Las respuestas están por verse, sin embargo, los movimientos recientes parecen enviar un mensaje claro a toda la clase política sinaloense: el Rochismo no está muerto, y quienes estaban repartiendo herencias políticas tal vez tengan que esperar un poco más. Porque en Sinaloa, como en buena parte de México, el poder rara vez queda vacante, simplemente cambia de forma. Y a veces, incluso cuando parece ausente, sigue sentado en la mesa de las decisiones. La política tiene reglas no escritas: cuando todos se preguntan si alguien todavía manda, normalmente es porque todavía conserva parte del mando. La incógnita no es si Rocha sigue teniendo influencia, aquí la incógnita es hasta dónde llega. “Porque en política, perder el cargo puede ser cuestión de un día; pero perder el poder suele tomar mucho más tiempo”…

La corona que retrata a Sinaloa. La diputada local PRIísta Paola Ivette Gárate Valenzuela recibió en frente de su casa una corona fúnebre. Vaya que existen regalos que alegran, regalos que sorprenden, y hay, regalos que hielan la sangre. La legisladora dijo haber interpretado el mensaje como una amenaza. Y la verdad, siendo sinceros, cuesta muchísimo imaginar otra lectura, porque nadie envía arreglos de velatorio para felicitar cumpleaños. Lo verdaderamente preocupante no es únicamente la corona, lo preocupante es que en Sinaloa ya nadie se sorprende, porque la noticia circula, genera indignación, provoca comentarios, y después continúa el día. Como si las advertencias de muerte formarán parte del paisaje cotidiano, como si el miedo hubiera terminado por normalizarse. La diputada Paola Gárate admite que tiene temor, y cualquiera que diga que no lo tendría probablemente está mintiendo. Porque una cosa es debatir en tribuna, otra muy distinta es encontrarse una corona mortuoria en la entrada de su domicilio. La imagen resulta brutal, no por lo que dice, sino por lo que insinúa. Pero quizá la parte más dura de toda esta historia sea otra. La diputada afirma que ha solicitado protección en distintas ocasiones y que sigue esperando respuesta. Esperando, esa palabra que se ha convertido en deporte estatal, en donde esperan las víctimas, esperan los comerciantes, esperan los familiares de desaparecidos, esperan los empresarios, esperan los ciudadanos, y ahora también esperan los diputados. Mientras tanto, las investigaciones avanzan con la velocidad de una tortuga cansada arrastrando un tráiler cuesta arriba. Pero siempre hay una carpeta abierta, siempre hay una línea de investigación, siempre hay un seguimiento puntual, y casi nunca hay resultados. Por eso la verdadera pregunta no es quién dejó la corona, la verdadera pregunta es qué tan seguro se siente un ciudadano común cuando observa que una representante popular denuncia amenazas y aun así no obtiene respuestas inmediatas. Porque si quienes tienen acceso a tribunas, medios de comunicación y reflectores públicos batallan para conseguir protección, ¿Qué puede esperar el ciudadano común que no tiene micrófonos ni cámaras? Este es el fondo del asunto, la confianza, o, mejor dicho, la ausencia de ella. Porque el día que una corona fúnebre deja de ser una anécdota extraordinaria y se convierte en un síntoma de la realidad, el problema ya no es político, es social. Al final de cuentas, Paola Gárate asegura que seguirá hablando, y esta decisión merece respeto independientemente de cualquier diferencia partidista. Porque en democracia se puede discutir una opinión, se puede refutar una postura, se puede cuestionar una idea, pero lo que jamás debería ocurrir es que alguien sienta miedo por expresarla. Pero en el Sinaloa de hoy, parece que hasta las flores llegan cargadas de amenazas y algunas espinas pinchan mucho más profundo de lo que aparentan…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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