Sin Redundar – Carlos Avendaño

Salvador Alvarado: poder, continuidad… y cuentas pendientes. En política, la continuidad no siempre significa estabilidad. A veces significa prolongar los problemas. El paso de Armando Camacho Aguilar “El Iguano” por el gobierno municipal dejó una estela de cuestionamientos que hoy no desaparecen, solo cambian de nombre. Porque ahora, bajo la administración de Guadalupe López González -su esposa- muchos ciudadanos perciben más de lo mismo. Y esto abre un debate incómodo: ¿Hay relevo real o una simple continuidad política? La cercanía personal y política entre ambos personajes no es un secreto para nadie. Y cuando esta cercanía se traduce en permanencia de equipos, de decisiones y de estilos de gobierno, la percepción de nepotismo se instala en el imaginario colectivo. No como sentencia legal, pero sí como deuda pública. A esto se suma el balance ciudadano: calles deterioradas, servicios públicos que no terminan de responder y una sensación de inseguridad que, para muchos, ha crecido. No es un diagnóstico oficial, es lo que se comenta en la calle. Y en política, lo que se percibe también cuenta. El problema no es solo lo que ocurre, sino lo que no se explica. Cuando no hay claridad en las decisiones, en el uso de los recursos o en los resultados, el vacío lo llena la desconfianza. Y esta desconfianza erosiona cualquier gobierno. Mientras tanto, la oposición local parece ausente o poco efectiva, lo que agrava el escenario: sin contrapesos visibles, sin la exigencia ciudadana, se pierde fuerza institucional. Así, el municipio se queda atrapado entre la continuidad cuestionada y una oposición que no termina de articularse. El municipio de Salvador Alvarado no necesita etiquetas ni descalificaciones, necesita resultados. Porque más allá de los discursos, de alianzas o de nombres, la ciudadanía espera algo básico: servicios que funcionen, seguridad que se sienta y un gobierno que rinda cuentas. Al final, la historia sí juzga, pero el juicio más inmediato siempre lo emite la gente. Y este, a diferencia de cualquier narrativa, no puede maquillarse…

Inzunza y Rocha: poder, control y preguntas sin respuesta. En Sinaloa, el nombre de Enrique Inzunza Cázares empieza a sonar cada vez más fuerte como pieza clave del futuro político del estado. ¿Clave? Sin duda. ¿Para qué? Esa es la verdadera discusión. Su cercanía política con el todavía gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya no es un secreto. Tampoco lo es el papel que ambos han jugado en la configuración del actual mapa de poder en Sinaloa. El punto no es la relación, es el alcance. Porque cuando el poder se concentra, las instituciones deberían equilibrar. Pero en la práctica, lo que se percibe es otra cosa: decisiones que avanzan sin contrapesos visibles, cuentas públicas que generan cuestionamientos y una fiscalización que, para muchos, no termina de convencer. No son acusaciones, son percepciones que se acumulan. Y en política, las percepciones también pesan. Casos recientes de ex alcaldes como Jesús Estrada Ferreiro, Luis Guillermo Benítez y Gerardo Vargas Landeros han alimentado el debate público. Para algunos, son ejemplos de combate a la corrupción. Para otros, señales de un uso selectivo del poder. Dos lecturas, un mismo fenómeno. A esto se suman cuestionamientos sobre la autonomía de instancias clave, como la Fiscalía estatal, cuya independencia es fundamental en cualquier sistema democrático. Cuando esta independencia se pone en duda, la confianza institucional se resiente. Y ese es el fondo del problema. No se trata de nombres, ni de filias partidistas. Se trata de equilibrio de poder. Porque sin contrapesos reales, la justicia corre el riesgo de percibirse como herramienta y no como garantía. Sinaloa no necesita relatos heroicos ni villanos a modo. Necesita instituciones que funcionen, que expliquen y que convenzan. Porque cuando el poder se ejerce sin suficiente transparencia, la duda deja de ser sospecha y se convierte en regla. Al final, la pregunta no es quién manda. La pregunta es: ¿Quién vigila?…

Calor real, tarifas irreales. El diputado federal Mario Zamora Gastélum puso sobre la mesa una exigencia que miles de familias ya vienen haciendo desde hace años: que la Comisión Federal de Electricidad ajuste el subsidio eléctrico a la realidad climática de Sinaloa. La propuesta es concreta: ampliar el subsidio de verano del 1 de abril al 30 de noviembre. Y tiene lógica. Porque en Sinaloa el calor no empieza cuando lo dice el calendario oficial, empieza cuando el termómetro rebasa lo tolerable. Abril ya es un mes de temperaturas por demás que altas, en donde el aire acondicionado deja de ser lujo y se convierte en una necesidad básica. Aquí no se trata de consumo excesivo, se trata de sobrevivir al clima. El problema es que el esquema actual de la CFE parece diseñado desde el escritorio, no desde la calle. Mientras el calor aprieta desde semanas antes, el subsidio llega tarde y se va temprano. Resultado: recibos elevados justo cuando más se necesita el apoyo. Y esto no es menor, porque el impacto no solo es económico, también es social y de salud. Adultos mayores, niños y familias enteras dependen de condiciones mínimamente habitables dentro de sus hogares. La propuesta de Mario Zamora Gastélum no solo busca ampliar el periodo, sino también exigir transparencia en los cobros y revisar los límites de consumo en zonas de calor extremo. Incluso plantea mecanismos de apoyo emergente cuando las temperaturas se disparen. La pregunta es obligada: ¿Va a escuchar la CFE o seguirá aplicando reglas que ignoran la realidad del norte del país? Porque mientras el gobierno habla de bienestar, hay familias que tienen que elegir entre pagar la luz o aguantar el calor. Y en Sinaloa, aguantar el calor no es opción…

Grave señalamiento y más grave aún si se confirma. El coordinador de los diputados del Partido Revolucionario Institucional en la Cámara de Diputados, Rubén Moreira Valdez, lanzó una acusación que por su dimensión no puede pasar desapercibida: aseguró que al menos 30 alcaldes del norte del país habrían sido obligados por grupos delictivos a entregar hasta el 80% de su presupuesto. Así como lo lee estimado lector, un 80%. Según su dicho, estos presidentes municipales habrían sido citados para imponerles condiciones de operación. Un escenario que, de ser cierto, no solo habla de presión criminal, sino de captura institucional. Pero aquí hay que ser claros: es un señalamiento político que debe ser probado. Porque la gravedad de la acusación exige algo más que declaraciones: requiere investigaciones, nombres, evidencia y consecuencias. Sin embargo, más allá de si el dato es exacto o no, el simple hecho de que una versión así sea creíble para muchos, ya dice mucho del estado de las cosas. Porque en regiones en donde la inseguridad lleva años marcando la agenda, la línea entre autoridad y control criminal se vuelve peligrosamente difusa. Y ahí es en donde el problema deja de ser partidista, para convertirse en estructural. Si un alcalde no puede ejercer libremente su presupuesto, entonces no gobierna, está administrando bajo condiciones. Y si eso ocurre de manera sistemática, estamos hablando de algo mucho más profundo que casos aislados. Por esto la pregunta obligada no es solo si es cierto, sino qué se está haciendo para que nunca pueda serlo. Porque en un país en donde el poder público puede ser presionado de esta manera, la democracia no solo se debilita, se pone en riesgo…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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