Sin Redundar – Carlos Avendaño

Los partidos locales: la fuerza que ya no puede ignorarse. Durante años se pensó que la política mexicana se decidía únicamente desde el centro del país (léase clarito: Comité Ejecutivo Nacional, el famosísimo CEN de los Partidos). Pero hoy en día, esta narrativa comienza a quedarse por demás corta. Una publicación nacional de www.polls.mx nos lo confirma: los partidos locales no solo existen, sino que tienen fuerza, tienen viabilidad, y tienen, sobre todo, representación real. En este contexto aparece el Partido Sinaloense (el PAS). Y esto no es cosa menor, porque significa que México está transitando hacia un modelo político más diverso, en donde los estados ya no solo reciben línea, sino que también generan agenda. Hoy existen ecosistemas políticos regionales, movimientos ciudadanos auténticos y partidos políticos que nacen desde su propia tierra, con identidad propia y con arraigo social. Y vaya que el Partido Sinaloense (el PAS) es un caso emblemático. No es un proyecto de coyuntura, ni de temporada electoral. Estamos hablando de una estructura que ha sabido mantenerse activa los 365 días del año, con presencia territorial y con el contacto directo con toda la ciudadanía. Mientras algunos partidos aparecen solo en campaña, el PAS, le apuesta a la permanencia del día a día, y ahí está la gran diferencia. El mensaje es por demás más que claro: el futuro político de México ya no depende exclusivamente de los partidos nacionales. También pasa por proyectos locales, cercanos, con rostro ciudadano y con capacidad de decisión propia. El Partido Sinaloense nació en Sinaloa, creció en Sinaloa y desde ahí sigue construyéndose. Porque cuando lo nacional falla, lo local responde. Y en política, cada vez pesa más quien está cerca de la gente, que quien solo decide desde lejos. Sin lugar a dudas que la cosa viene puro PASdelante…

Pasarela de discursos y precampañas que “no son”. El fin de semana en Sinaloa tuvo de todo, menos ingenuidad. MORENA montó su propia pasarela política en donde oficialmente no hay campañas, pero curiosamente ya hay aspirantes, mensajes y territorios marcados. La diputada federal Graciela Domínguez Nava se reunió en Culiacán con simpatizantes de varios municipios y, sin rodeos, dejó ver que buscará registrarse en el proceso interno para la candidatura a la gubernatura. Nada formal -todavía-, pero suficientemente claro. El discurso, como marca la casa, fue impecable: escuchar a la gente, legislar con sentido social, hacer política pública cercana. La narrativa correcta y el libreto bien aprendido. En paralelo, la diputada local María Teresa Guerra Ochoa encabezó en Ahome un encuentro bajo el título “Diálogos Ciudadanos y Legislativos”. Ahí, la reflexión fue igual de noble: la política debe servir, no servirse; el poder debe orientarse al bienestar. Frases que nadie discute, aplicaciones que sí generan dudas. Porque el problema no está en lo que dicen -esto suena bien en cualquier micrófono-, sino en el momento en que lo dicen y en el contexto en que lo hacen. Cuando las reuniones se multiplican, los mensajes se afinan y las agendas se intensifican, ya no estamos ante ejercicios de cercanía: estamos frente a precampañas que todavía no quieren llamarse así. La política mexicana tiene este talento: adelantar los tiempos sin reconocerlos. Negar lo evidente con absoluta disciplina. Y mientras tanto, el ciudadano observa el desfile. Discursos correctos, intenciones impecables, promesas de servicio público, todo perfectamente alineado. Lo único que no cambia es la duda de siempre: ¿Esto es convicción o posicionamiento? Porque en la pasarela política, lo importante no es lo que se dice, es lo que realmente se está buscando. Y esto, curiosamente, casi nunca se dice…

Cuando el discurso choca con la calle. El evento que encabezaban Gerardo Fernández Noroña e Imelda Castro Castro en Culiacán, no terminó como estaba planeado. No hubo cierre terso, ni aplausos controlados, ni narrativa impecable. Hubo interrupción porque los integrantes del colectivo “Guerreros Azules” decidieron reventar el acto. Y más allá del hecho en sí -que algunos llamarán protesta legítima y otros desorden-, lo relevante es el mensaje de fondo: la calle ya no siempre compra el discurso oficial. Porque una cosa es el evento cuidadosamente organizado, con logística, mensaje y timing político, y otra muy distinta, es la realidad que se cuela sin invitación. La política suele moverse en escenarios controlados, en donde todo está previsto: quién habla, quién aplaude, quién pregunta. Pero cuando aparece la protesta, este guión se rompe. Y lo que emerge no es solo ruido, sino incomodidad. Porque si la respuesta es descalificar de inmediato, minimizar o reducir todo a “provocación”, entonces el problema no es la protesta, es la incapacidad de escuchar lo que la origina. En Sinaloa -y en buena parte del país- la tensión social no siempre se expresa en encuestas ni en comunicados. A veces irrumpe así: de golpe, sin permiso, frente a las cámaras. Y entonces la política enfrenta su prueba más incómoda: no la del discurso, sino la de la reacción. Porque gobernar -y hacer política- no es solo hablarle a los convencidos. También es saber qué hacer cuando los inconformes deciden no quedarse callados. Y esto, claramente, no venía en el programa del evento…

El maíz a 6 mil y la cuenta en rojo. Se anunció con bombo y platillo que el maíz se fija en 6 mil pesos por tonelada. En el papel suena a logro, pero en el campo, la historia es otra. Porque el precio es una cosa y la rentabilidad otra muy distinta. Hoy, los costos por hectárea rondan entre los 65 y los 70 mil pesos. Semillas, fertilizantes, diésel, maquinaria, financiamiento, ahora todo cuesta mucho más. Y para rematar, los rendimientos vienen a la baja por factores del cambio climático. Menos producción, más gasto: la ecuación perfecta para perder. Así, el famosísimo “acuerdo” empieza a verse más como un paliativo que como una real solución. El problema no nació ayer, es el resultado de decisiones acumuladas: la desaparición o debilitamiento de los programas productivos, el retiro de los apoyos estratégicos y una política pública que, en lugar de fortalecer al productor, lo dejó más expuesto al mercado. Y el mercado, cuando no hay respaldo, no perdona. Porque fijar un precio sin garantizar condiciones de productividad es como ponerle techo a una casa sin haber construido los cimientos. Sí, el precio de 6 mil representa un avance frente a los escenarios más adversos, pero no alcanza para recuperar la inversión. Y, además, sigue colgado de la volatilidad internacional, está que no entiende de ciclos agrícolas ni de urgencias locales. Mientras tanto, el gobierno federal administra el presupuesto con cautela -o resistencia, según se quiera ver- y el campo sigue esperando una política que no solo reaccione, sino que planifique. Al final de cuentas, el productor no necesita discursos ni acuerdos a medias, necesita certeza. Porque sembrar ya es un riesgo. Pero sembrar para perder, es insostenible. Y si el campo no es rentable, no existe soberanía alimentaria que aguante el discurso…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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